Y, cuando toda la materia esté en llamas, todo lo que ahora brilla en buen orden arderá en un solo fuego.
Séneca
***
Solo cuando el último ídolo ardió, el postrer indio asesinado, la choza derribada y la última mujer capturada, solo entonces las huestes pudieron descansar. El capitán ordenó a sus iguales relegarse mientras que, a los cabos, ordenó recoger el botín (si lo hubiera) y controlar el perímetro. Debían asegurarse de que no quedara salvaje con vida.
Entre los subordinados estaba Carlos Fernando de Rodríguez y Sigüenza, un mozo perteneciente a una familia de hidalgos nobles en tiempos de la Reconquista. Hoy, Fernando (último del linaje), era tan solo una cabeza más entre las huestes que se aventuraban en las Indias.
Molesto, entre llamas y cadáveres, el mozo farfullaba imprecaciones contra el superior. “¡Mandarme a mí! ¡A mí que soy del linaje de los Sigüenza! ¡Aquel que se hace llamar capitán! ¡Es una deshonra! ¡Una deshonra!”. Llegado al final de la arrasada aldea, vio, a lo lejos, una pequeña cueva de la cual emanaba una fuerte luz. El hidalgo se acercó, por curiosidad. Al adentrarse en ella, sintió calor y percibió extraños olores. Finalmente, en lo profundo de la caverna, sus ojos divisaron a un indio, de años incalculables, cubierto de arrugas y tintas violetas y naranjas. Llevaba una corona de plumas de loro y un tapado de oro. Las paredes de la cueva estaban grabadas con símbolos ignotos y en los rincones yacían pétreas esfinges. Frente al anciano había una gran fogata, crepitante, con una llama que era casi azul.
Asombrado, el soldado desenvainó su espada, dispuesto a asesinar al indio, pero el anciano habló:
-Por favor, baje el arma, don Rodríguez y Sigüenza- dijo sereno el indio, que no había abierto los ojos. El soldado, turbado por la respuesta del anciano, colocó el filo del arma sobre la garganta del anciano y, coléricamente, gritó:
-¿¡Como sabe mi nombre!?-.
-Usted sufre una gran deshonra-dijo sereno el indio- ya que usted es casi un rey y lo tratan como esclavo-. El hidalgo bajó la espada y se quedó estupefacto observando al anciano. Este, de repente, abrió los ojos, eran pálidos y claros como una laguna, grises como una tormenta:
-Yo puedo darte todo aquello que injustamente te ha sido negado-. El hidalgo soltó una carcajada y luego respondió:
-¡Si es tan solo un indio!-y alzó nuevamente la espada.
El anciano, entonces, instaló la seriedad en su rostro y extendió su mano huesuda, grabada con símbolos extraños, hacia el hidalgo. Antes de llegar a este, la mano paso entre medio de las llamas azules y estas se prendieron al brazo. El hidalgo estaba horrorizado: el anciano tenía una extremidad envuelta en llamas y no se quemaba. Fernando no alcanzó a decir “brujería”, cuando el indio continuó hablando:
-Si usted, Fernando de Rodríguez y Sigüenza, me da la mano, obtendrá todo aquello que injustamente le ha sido negado, con la única condición de que, apenas goce de aquella gloria, sus compañeros y usted se retiren de estas tierras para no volver jamás-. El soldado miraba horrorizado y desconfiando del indio. Pensó, por un segundo, en hundir su espada en el torso de aquel infiel y luego revisar la cueva en busca de algún botín. Pero, luego, su cabeza fue asaltada por los recuerdos de su honor vejado, de un pasado glorioso y de un porvenir oscuro y volvió a mirar, fijamente, al indio.
-¿Acepta? - le susurró el indio-.Y, sin pensarlo, el hidalgo estrechó la mano flamígera del anciano.
Tan solo un segundo después, Fernando se encontraba afuera de la cueva, la noche había caído. Uno de sus compañeros se acercó a él y lo increpó: le dijo que lo llevaban buscando horas y que el capitán quería hablar con él. Fernando, confundido, se dejó conducir hacia el campamento. Allí fue recibido por su superior y, amistosamente, este le comunicó que, revisando unos manuscritos, dio con que él, Fernando, era del linaje de los Sigüenza y que, un hombre de su estirpe se merecía un cargo más importante en la expedición. Inmediatamente se le asignó el puesto de teniente y se lo invitó a un banquete en la tienda de los generales. Al día siguiente, tras despertar, y pasados los efectos del vino, se le informó que, súbitamente, el capitán había muerto y, debido a ello, ahora él, Fernando, quedaba a cargo de la expedición-según lo establecido por el capitán la noche anterior-.
Como nuevo capitán, Fernando ordenó juntar a las tropas, preparar las armas y levantar las tiendas, ya que seguirían la ruta trazada por el fallecido líder hasta tomar todos los pueblos y reducir a todos los infieles. Antes de partir, Fernando creyó ver, entre los matorrales, la figura de un indio de ojos grises, pero decidió ignorarlo y continuó con el plan. Pasaron meses y Fernando, a la cabeza de las huestes, asaltó y saqueó muchos pueblos indios. A veces, entre las llamas, creía ver al anciano de ojos grises, pero esto solo aumentaba su cólera y lo impulsaba a blandir el sable. Tras varios meses de lucha, tomaron la capital india y se hicieron con todo su oro. Rápidamente emprendieron el regreso a Europa, para rendir cuentas al Rey.
Una vez en el país natal, el soberano quedó muy complacido con los servicios prestados por Fernando. Aún más sorprendido quedó el príncipe, quien decidió hacerlo su protegido y su hombre de mayor confianza. Extrañamente, al día siguiente de otorgados estos títulos, el príncipe falleció y, al no tener descendencia, Fernando pasó a ser el nuevo príncipe. El día de la ceremonia, creyó ver, entre los cortesanos, un indio de ojos grises, pero decidió ignorarlo y gozar de su fortuna.
Pasado un par de meses, el Rey cayó enfermo gravemente y tras una breve agonía, murió. Fernando, entonces, pasó a ser el nuevo soberano del imperio. En la ceremonia de coronación, mientras el sacerdote hablaba, Fernando creyó ver, entre le muchedumbre, la figura de un indio de ojos grises, pero nuevamente decidió ignorarlo.
Con sus nuevos poderes, el joven rey ordenó más expediciones hacia las Indias y hacia Oriente, para acabar con los infieles. Estas campañas fueron un éxito rotundo y aumentaron la opulencia y la gloría del nuevo soberano. Un día, un mensajero proveniente de la santa sede le informó que el Santo Concilio, en agradecimiento a sus victorias para la Cristiandad, ordenó otorgarle el puesto de diácono. Rápidamente el rey dejó un apoderado en su lugar y se dirigió hacia Roma. Allí, Fernando gozó de gran fama y riquezas. Sus aportes eran atentamente escuchados. No tardó en convertirse en cardenal.
Transcurridos los meses desde la asunción, el Papa sufrió una apoplejía que lo incapacitó de por vida. Rápidamente, comenzaron los concilios para elegir al nuevo representante de Dios en la tierra. El Santo Consejo debatió durante días, pero, finalmente, la mayoría de los votos dejaron a Fernando como el nuevo Papa. En la ceremonia de asunción al santo oficio, Fernando creyó ver, entre los fieles, a un indio de ojos grises, pero decidió ignorarlo.
Luego de la consagración, el nuevo Papa se retiró a su estancia privada y ordenó hacer un gran banquete para celebrar. Trajeron manjares y delicias de todos partes del mundo, solo para él. Un cochinillo era preparado a las brasas por los santos cocineros. Mirando el fuego, Fernando no podía creer como aquel indio había sido tan estúpido para concederle todo el poder sobre la tierra sin haberse percatado que Fernando lo engañaría. “Estúpido indio” pensó, y luego comenzó a reírse desquiciadamente. Reía y reía, a grandes carcajadas, como un loco. Mientras soltaba tales risas, no pudo notar que el fuego subía por sus piernas y brazos, a la vez que se extendía por su torso. Las llamas lo envolvían y empezaban a consumirlo lentamente, pero Fernando solo reía y reía, atado a un tronco, como un reo. Sus compañeros lo miraban perplejos, no entendían la locura de su camarada: había salido de aquella cueva e, inmediatamente, se había lanzado a la tienda del capitán para asesinarlo brutalmente con su espada. El resto de los comandantes ordenaron apresarlo y quemarlo vivo por traición. Sus camaradas atribuyeron tales actos a una locura súbita. La tropa revisó la cueva de la cual había salido, pero solo encontraron una caverna vacía y una pequeña fogata con una llama que ardía, que aún ardía.
Teodoro Schlim.